el caso tiger
“La ejemplaridad es una cualidad genérica de la persona, que comprende al mismo tiempo lo público y lo privado y, por esa circunstancia, dotada de un excepcional impacto movilizador en la sociedad”. J. Gomá.
Después de que se destaparan los escandalos extramatrimoniales de Woods, la mayoría de los periodistas deportivos y la práctica totalidad de los especialistas en golf salieron en defensa del famosísimo jugador.
Lo han hecho de forma un tanto obvia y atropellada, intentando quizás compensar la avalancha de palos que desde la prensa rosa y amarilla le estaban dando al de California en su propio país.
La mayoría de esos periodistas, sobre todo españoles, se ha centrado en lo evidente: que si es el mejor jugador de todos los tiempos, que si es el número uno... (cuando eso no estaba siquiera en discusión) y han obviado la más mínima crítica hacia su comportamiento a nivel privado por ser precisamente eso, privado.
Alguno incluso justificaba que Woods nunca había querido ser un modelo a seguir y, por tanto, no puede juzgársele como tal. En otras palabras, bastaría con que uno no quisiera ser ejemplo de nada o se considerase intelectualmente pobre para no tener ninguna responsabilidad. Es genial, ¿verdad?
Recientemente, el entrenador del Chelsea, acerca de los líos de faldas de su capitán, declaró: “No me importa lo que haga en su vida privada”. Pero más tarde, a ese mismo jugador, el seleccionador nacional sí le retiraba la capitanía de Inglaterra.
Entonces ¿en qué quedamos? ¿las actuaciones en el ámbito privado deben ser tenidas en cuenta o no en un deportista como Tiger?
Si son importantes no deberíamos obviarlas, pero eso es precisamente lo que se ha hecho por parte de algún gurú del periodismo golfístico, evidenciando que es más fácil sacar pecho apoyando al grande que al chico y olvidándose de algunos aspectos fundamentales que intentaremos repasar a continuación.
Sobre el comportamiento de Tiger como persona pretendidamente privada:
Es evidente que nadie está exento de tener un desliz. Con su juventud, su dinero y su nivel de éxito a ver quién es el guapo que se resiste en determinados momentos a determinadas circunstancias, máxime cuando uno se va “sin querer” con los colegas a Las Vegas a dar un paseo por los locales más exclusivos.
Pero es que Woods, y aquí pasamos del desliz a la gran metedura de pata, lo hacía ya como una costumbre y de forma cada vez menos sofisticada. Si encima le añadimos la aparente idiocia de pensar que nunca le pillarían, se merece al menos un mínimo reproche.
Sobre el comportamiento como persona pública:
Siempre resulta gracioso que cuando un cargo político quiere rectificar algún comentario realizado días u horas antes lo haga con la frase siguiente: “Fué una opinión a título personal”.
Es absurdo, y son ganas de tomarnos a los demás por tontos, que una persona que es pública, sobre todo por poseer un cargo electo o un trabajo de elevado nivel mediático, quiera desligar sus mundos privado y público de manera tan patética.
(Aunque para resultar patético tampoco hace falta irse muy lejos. Aún se recuerda el encuentro casual con el ex-gerente de deportes de un conocido municipio de Madrid, a la sazón cargo directivo en la Federación Española de Voleibol. Tras ser saludado y consultado por determinado asunto municipal de interés común soltó una frase para la historia de la psiquiatría: “Hoy estoy aquí como directivo de la Federación. Llámame la semana que viene”...)
Así pues, salvando los casos de doble personalidad, el problema es que las personas que pueden llegar a ser consideradas como públicas piensan que sólo están sujetas a los ámbitos público y privado, cuando en realidad se encuentran ante otra dualidad bien distinta: o tienen vida pública o tienen vida íntima.
Piensan que una vez terminado su trabajo de cara al público comienza su vida privada y esto, por desgracia para ellos aunque vivan de ello, no es así. La clave es que olvidan, o se resisten a aceptar, que una parte de su vida “privada” tiene que desarrollarse en lugares públicos, pero lejos de hacerlo con toda normalidad aparecen con ropa extravagante, rodeados de guardaespaldas o metidos en un maletero.
Esa confusión lleva a que la mayoría de este tipo de personas piense que uno puede salir un dia a la calle como golfista número uno del mundo y firmar autógrafos y otro como un sencillo padre de familia y que nadie se acerque.
Woods cobra mucho más por sus contratos publicitarios que por su trabajo como deportista por lo que, en gran medida, se debe a la gente: ¿o es que solo cobra de Pepsi los dias de torneo o de Gillete los dias que se afeita?...
Grave es sin duda que confundan vida privada con vida íntima, pero peor es que no sean conscientes de algo trascendental y es que la relevancia de su persona o personaje debe ir acompañada de un valor fundamental y olvidado en nuestra sociedad actual: la ejemplaridad.
Y ahí es donde Tiger arma la monumental, diferenciándose claramente de otros deportistas con los que algún cronista compara para disculparle dentro del mal de muchos. Allá él.
Sobre el comportamiento como deportista:
Todos sabemos que el deporte tiene unos valores muy marcados de esfuerzo, sacrificio, trabajo en equipo y un largo etcétera, y que por ello se considera una actividad ejemplar y perfecta para que la lleven a cabo todos los jóvenes como parte de su formación.
El propio Tiger en sus conferencias es quien habla contínuamente (y a partir de ahora también hipócritamente) de los valores del deporte, de la familia y de todas las cosas que le han inculcado su papá y su mamá.
Si quien practica deporte aunque sea de forma amateur está sujeto a esos valores, no digamos ya de quien se dedica a él de forma profesional y menos de quien es el numero uno del mundo y muchísimo menos de un jugador de golf, deporte sacramentado por muchos de sus practicantes por ser la encarnación del fair-play, la etiqueta y la caballerosidad.
Woods, aunque alguno no se haya enterado aún, se ha convertido en el ejemplo perfecto de traición y eso es lo que no se le perdona en su propio país, lleno de contradicciones como todos, pero en el que se castiga antes la mentira que el delito.
Después de que se destaparan los escandalos extramatrimoniales de Woods, la mayoría de los periodistas deportivos y la práctica totalidad de los especialistas en golf salieron en defensa del famosísimo jugador.Lo han hecho de forma un tanto obvia y atropellada, intentando quizás compensar la avalancha de palos que desde la prensa rosa y amarilla le estaban dando al de California en su propio país.
La mayoría de esos periodistas, sobre todo españoles, se ha centrado en lo evidente: que si es el mejor jugador de todos los tiempos, que si es el número uno... (cuando eso no estaba siquiera en discusión) y han obviado la más mínima crítica hacia su comportamiento a nivel privado por ser precisamente eso, privado.
Alguno incluso justificaba que Woods nunca había querido ser un modelo a seguir y, por tanto, no puede juzgársele como tal. En otras palabras, bastaría con que uno no quisiera ser ejemplo de nada o se considerase intelectualmente pobre para no tener ninguna responsabilidad. Es genial, ¿verdad?
Recientemente, el entrenador del Chelsea, acerca de los líos de faldas de su capitán, declaró: “No me importa lo que haga en su vida privada”. Pero más tarde, a ese mismo jugador, el seleccionador nacional sí le retiraba la capitanía de Inglaterra.
Entonces ¿en qué quedamos? ¿las actuaciones en el ámbito privado deben ser tenidas en cuenta o no en un deportista como Tiger?
Si son importantes no deberíamos obviarlas, pero eso es precisamente lo que se ha hecho por parte de algún gurú del periodismo golfístico, evidenciando que es más fácil sacar pecho apoyando al grande que al chico y olvidándose de algunos aspectos fundamentales que intentaremos repasar a continuación.
Sobre el comportamiento de Tiger como persona pretendidamente privada:
Es evidente que nadie está exento de tener un desliz. Con su juventud, su dinero y su nivel de éxito a ver quién es el guapo que se resiste en determinados momentos a determinadas circunstancias, máxime cuando uno se va “sin querer” con los colegas a Las Vegas a dar un paseo por los locales más exclusivos.
Pero es que Woods, y aquí pasamos del desliz a la gran metedura de pata, lo hacía ya como una costumbre y de forma cada vez menos sofisticada. Si encima le añadimos la aparente idiocia de pensar que nunca le pillarían, se merece al menos un mínimo reproche.
Sobre el comportamiento como persona pública:
Siempre resulta gracioso que cuando un cargo político quiere rectificar algún comentario realizado días u horas antes lo haga con la frase siguiente: “Fué una opinión a título personal”.
Es absurdo, y son ganas de tomarnos a los demás por tontos, que una persona que es pública, sobre todo por poseer un cargo electo o un trabajo de elevado nivel mediático, quiera desligar sus mundos privado y público de manera tan patética.
(Aunque para resultar patético tampoco hace falta irse muy lejos. Aún se recuerda el encuentro casual con el ex-gerente de deportes de un conocido municipio de Madrid, a la sazón cargo directivo en la Federación Española de Voleibol. Tras ser saludado y consultado por determinado asunto municipal de interés común soltó una frase para la historia de la psiquiatría: “Hoy estoy aquí como directivo de la Federación. Llámame la semana que viene”...)
Así pues, salvando los casos de doble personalidad, el problema es que las personas que pueden llegar a ser consideradas como públicas piensan que sólo están sujetas a los ámbitos público y privado, cuando en realidad se encuentran ante otra dualidad bien distinta: o tienen vida pública o tienen vida íntima.
Piensan que una vez terminado su trabajo de cara al público comienza su vida privada y esto, por desgracia para ellos aunque vivan de ello, no es así. La clave es que olvidan, o se resisten a aceptar, que una parte de su vida “privada” tiene que desarrollarse en lugares públicos, pero lejos de hacerlo con toda normalidad aparecen con ropa extravagante, rodeados de guardaespaldas o metidos en un maletero.
Esa confusión lleva a que la mayoría de este tipo de personas piense que uno puede salir un dia a la calle como golfista número uno del mundo y firmar autógrafos y otro como un sencillo padre de familia y que nadie se acerque.
Woods cobra mucho más por sus contratos publicitarios que por su trabajo como deportista por lo que, en gran medida, se debe a la gente: ¿o es que solo cobra de Pepsi los dias de torneo o de Gillete los dias que se afeita?...
Grave es sin duda que confundan vida privada con vida íntima, pero peor es que no sean conscientes de algo trascendental y es que la relevancia de su persona o personaje debe ir acompañada de un valor fundamental y olvidado en nuestra sociedad actual: la ejemplaridad.
Y ahí es donde Tiger arma la monumental, diferenciándose claramente de otros deportistas con los que algún cronista compara para disculparle dentro del mal de muchos. Allá él.
Sobre el comportamiento como deportista:
Todos sabemos que el deporte tiene unos valores muy marcados de esfuerzo, sacrificio, trabajo en equipo y un largo etcétera, y que por ello se considera una actividad ejemplar y perfecta para que la lleven a cabo todos los jóvenes como parte de su formación.
El propio Tiger en sus conferencias es quien habla contínuamente (y a partir de ahora también hipócritamente) de los valores del deporte, de la familia y de todas las cosas que le han inculcado su papá y su mamá.
Si quien practica deporte aunque sea de forma amateur está sujeto a esos valores, no digamos ya de quien se dedica a él de forma profesional y menos de quien es el numero uno del mundo y muchísimo menos de un jugador de golf, deporte sacramentado por muchos de sus practicantes por ser la encarnación del fair-play, la etiqueta y la caballerosidad.
Woods, aunque alguno no se haya enterado aún, se ha convertido en el ejemplo perfecto de traición y eso es lo que no se le perdona en su propio país, lleno de contradicciones como todos, pero en el que se castiga antes la mentira que el delito.